Cuento

Mi padre tenía nueve años cuando comenzó la guerra. Qué guerra da igual. Su padre estaba en el frente, sus hermanos mayores estaban en el frente, y él, el hermano pequeño, el macho pequeño de la manada, era el encargado de buscar allí donde caían las bombas del enemigo, en las huertas abandonadas, la comida de la familia. Una lechuga, coles, patatas, un melón. No era muy difícil, se trataba de ser ágil de cuerpo y de mente; todo lo más, podían matarle. Decía una representante de la causa, mientras mi padre, niño, se jugaba la vida ante los obuses del enemigo, bendecidos por el Santo Padre católico, que es preciso que se acentúe la moral del sacrificio y el sentido de responsabilidad individual y colectiva. La moral ha de llevarnos a aceptar todas las penalidades, el racionamiento, la honradez y la austeridad, y todos nos hemos de sentir soldados de una gran causa. Y mi padre dejó de estudiar, como todos los niños, para buscar la comida que las buenas palabras de los líderes de la causa no traían. Cuando acabó la guerra, los hermanos mayores de mi padre fueron a campos de concentración, su padre fue represaliado; cuando pudieron, los hermanos fueron al exilio o a la emigración, qué más da. Al perdedor sólo le queda la diáspora o la sumisión. Y con doce años tuvo que ser el macho joven de la manada, quien buscara la comida para la manada, como si la naturaleza hubiera perdido el sentido entre los humanos.
  –Cuando vayas a llegar a la estación, quinientos metros antes, acuérdate de lanzar con cuidado el aceite por la puerta del tren y te tiras tú. Lo recoges, y vienes a pie. ¿Entendido? Y que no le pase nada al aceite.
  –Sí, madre.
   Cómo no entenderlo. Si el policía esperaba con el arma en la estación de ferrocarril para incautarse del aceite, como si el Estado hubiera regado y abonado el olivo, como si tuviera derecho a legislar y dosificar el hambre.
  Mi padre había aprendido de niño que la infancia era el período del aprendizaje, por lo que le pusieron a trabajar, con la familia repartida por Francia, Australia, Brasil, Argentina o Uruguay. Se levantaba antes que el sol, trabajaba, ayudaba en casa, y se acostaba después del sol. Año tras año. El día en que tenía una naranja era la fiesta grande del año.
  –Que la vida es un valle de lágrimas, hijo.
  –Sí, madre, Pero yo todo lo hago con gusto por usted.
  Cada amanecer era gris, cada mediodía era gris, cada anochecer era gris. Los rostros eran tan grises como las almas. Se rezaba en los colegios, en los trabajos, en la iglesia, se fusilaba al amanecer, o se dejaba morir en las cárceles. Y mi padre, tan niño, trabajaba. Mientras los hijos de los señoritos estrenaban traje e iban al teatro, él trabajaba; mientras el hijo del rey huido tenía casa en el exilio dorado, junto a la playa, esperando que le tirasen al plato sus tajadas, él trabajaba. Tenía razones y la Ley Natural de su parte para cortarles el cuello a todos, a cualquiera, pero trabajaba.
  Y llevó un luto tras otro, porque aquella era época de muertos. Por el padre, por la madre, por su juventud perdida.
  Y trabajó toda su vida, sin parar. Para darnos una casa, para conseguirme una educación, para que tuviéramos las buenas ropas que los bandos en conflicto no se habían preocupado en procurarnos. Era el primero en salid del edificio y el último en volver.
  Por la noche, si me levantaba, lo encontraba estudiando en el salón, recuperando lo que la guerra el había quitado. Siempre esfuerzo sobre esfuerzo. Hasta que un día, poco antes de cumplir yo los doce años, mi padre no vino a casa. Estuvo conmigo mi abuela.
  –Tu madre está con tu padre en el hospital. No te habían dicho nada, pero tiene una enfermedad por lo que sólo queda rezar. Vamos a poner velas para que Dios nos vea y nos asistan los espíritus –dijo la mujeruca de negro y moño blanco, con sus creencias ancestrales y ágrafas– y vamos a rezarle a la imagen del Santo Niño del Remedio. Y a este Cristo que tus padres tienen sobre la cama. Y aquí tengo una estampita de la Virgen, que toda ayuda divina es poca.
  Pasamos la noche rezando ante una fotografía de una talla que, cuando fui adulto lo descubrí, ni siquiera era la original. En el siglo XVIII le habían cortado la cabeza al niño para meterle ojos de cristal, le habían puesto pestañas postizas, se le había reconstruido el pie derecho, que había desaparecido ante tanto beso recibido de los devotos… Pero yo no tenía ni doce años, sólo sabía que quería a mi padre y si al rezar por él se salvaba, rezaría.
  Recé aquella noche, sin dormir; no comí durante el día siguiente, y la nueva noche la pasé rezando enfrente del Cristo de madera, de la foto del Santo Niño del Remedio de cara triste, de la Virgen. Al amanecer, una llamada, me sobresaltó; cogió el teléfono mi abuela, por su gesto comprendí lo que había sucedido y comencé a llorar. Mientras ella hablaba, me acerqué al salón y cogí las imágenes y la talla. Fui a la cocina y con un cuchillo atravesé la cara y el cuerpo del maldito niño del remedio una docena de veces. Hice lo mismo con la imagen de la Virgen. Con toda mi fuerza infantil, puse un pie en el cuerpo del Cristo y con el otro golpeé en la cabeza hasta separarla. Cuando lo conseguí introduje os recortes de papel y la madera en unas páginas de periódico, lo impregné de alcohol de cocinar, del que aún se usaba en casa, y con unas cerillas hice la primera fogata de mi vida. Mi abuela llegó gritando y al verlo todo me señaló con el dedo y me dijo “eres un hereje, por tu culpa ha muerto tu padre, es un castigo divino”.
  La bofetada la sentó en el suelo. Había muerto mi padre y aquella mujeruca quería que creyera en su dios, en sus santos de palo. Quedó con un gesto vacío, de ojos desencajados. Lo normal en ella.
  Fui a la habitación de mis padres, abrí el armario y allí estaban sus trajes, sus corbatas, sus camisas. Lloraba como nunca lo había hecho. Me introduje entre aquella ropa, para sentir su olor, su compañía, su contacto, cerré los ojos y lloré de forma compulsiva. Apenas se podía respirar, pero me era indiferente.
  Supongo, no lo recuerdo ya, que fui castigado severamente por aquella bofetada. Nada de los días posteriores ha quedado en mí, sólo una intensa sensación de frío, como si mi cuerpo tampoco tuviera vida. Recuerdo que mi madre compró una réplica del maldito niño del remedio inexistente y la puso en su habitación. Un día acabó en el patio interior del edificio, tres pisos más abajo. Destrozada.
  A veces la escuchaba rezar con la fe del inculto. “remedia todos mis males, atiende mis peticiones, consuela todas mis penas…”
  Un día fui a aquel cochambroso oratorio para la manada de la fe escondido en una callejuela. Había cartas en las que lunáticos afirmaban que el niño de los ojos de cristal les había curado el cáncer; otros dejaban piezas metálicas que pretendían ser reflejo de las partes que el niño de las pestañas les había curado. Había muñecos, pelo de pacientes de tan docto niño médico… En la puerta, un ciego vendía lotería, “que trae la suerte el Santo Niño del Remedio, oiga, que trae la suerte”. Una anciana, gibosa y de gesto contrito le daba las gracias por los milagros recibidos. Había quien pedía besarle la botita de plata que había en lugar del desaparecido pie. En aquel momento mi cerebro tuvo una iluminación y supe lo que tenía que hacer. Me arrodille histriónicamente en el suelo mugroso, en mitad de la chabola y comencé a gritar, con los brazos en alto y gesto descompuesto.
  -Santísimo Niño del Remedio, yo estaba paralítico y me devolviste la fuerza en las piernas. Como si mis piernas fueran un nuevo Lázaro y tú Jesucristo, me miraste con tus ojos bondadosos y me dijiste, “levántate y anda”, y anduve. Y no sólo lograste ese milagro, también que volviera mi mujer. Tú eres la verdad.
  Las viejas que pululaban por aquel antro acudieron a tocarme, como si pudieran contagiarse de mi gracia. Alguna gritó “aleluya”. Lloraban aquellos iletrados como si hubieran visto la única luz. El ciego se acercó a mí y me pasó los números de lotería por la espalda.
  -Hermano, vas a bendecir estos números con tu fe. Vas a traer la fortuna con tu fe.
  La gente se los compró todos en un momento. Ya que parecían haberme olvidado, me fui. Al día siguiente escuché en la radio a un docto opinador hablar del milagro acaecido en el oratorio. Habían recogido voces de la gente que juraba que yo había llegado arrastrándome y que debido a un milagro recobré la fuerza en mis piernas. Juraban que yo tenía un aura de Santidad, una luz, una energía que recorría todo mi cuerpo. Incluso una mujeruca afirmaba que me había visto levitar sobre el suelo.
  -Entonces compré esa botella de armagnac, el tabaco y vine a verte a la tumba, padre. Quería contarte que el mundo sigue igual de idiota, y que algún día, pronto, nos veremos. Como ha hace calor, esta noche me quedaré a dormir sobre tu lápida, supongo que borracho, pero seguro que a ti eso no te importa. Porque tú eres bueno; no como todo ellos.


Todo era rosa, luces parpadeantes y sándalo; rosas en las paredes, como si aquella casa fuera el palacio de un poeta romántico tardío con reminiscencias moderadamente rococós; rosas en tu ropa interior, aunque me recibías casi desnuda, sentada en el sofá tapizado de flores, con las piernas cruzadas, como si pretendieras velar, acaso, tu desnudez. Las luces titileantes de las lamparillas que colocabas en el suelo, en las estanterías, brillantes como los ojos de los gatos en la oscuridad, dibujaban luces y sombras en tus senos; tu mirada era el comienzo de una sonrisa y celada en la que dejarse atrapar gozoso. Tú eras la mujer morena en una vida de mujeres rubias y de ojos claros; tu carne era dura, tus músculos marcados, como si practicaras algún deporte, aunque nunca te hubieras rebajado a tal. Eras carnalidad, placer y desahogo, por eso acudí a buscarte a aquella casa antigua, de techos propios del París del siglo diecinueve.
  Debía comenzar a padecer los problemas derivados de la crisis de los cuarenta -esa edad en la que los hombres descubrimos que no hemos llegado a ser nada y que nunca lo seremos, a pesar de nuestros sueños juveniles- porque busqué en tu calle, y encontré el viejo café en el que a media tarde nos solazábamos con un cortado y una copa de armagnac, después de dejar que mi cuerpo se vertiera feliz en ti; encontré la librería de viejo con sus grabados iluminados a mano y los gruesos libros de autores ya olvidados, buscados tan sólo por eruditos y por amantes de lo extraño; pero no encontré la casa en la que cada tarde de lunes y de viernes me hacías sentir un hombre, el mismo que había olvidado ser, castrado por el trabajo, el matrimonio cargado de hijos, la vida gris en un entorno de matrimonios burgueses, la rutina de cama, mesa y flexo, comida de restaurante de menú, merienda familiar, televisión y cama.
  No parecía razonable; Evas, recuerdo el rótulo forjado en hierro, pintado en un rojo oscuro, estaba situado entre la cafetería y la librería de viejo. Cuántas tardes no entré a buscar un libro para dejar pasar el tiempo hasta que llegara mi turno. En una ocasión te regalé la Eva Futura de Villiers de l'Isle Adam, y en otra las sonatas de don Ramón del Valle Inclán, a quienes el Señor haya perdonado. No pudiste acabar de leer el libro del francés, pero reconociste haber llorado de emoción con los amores del viejo marqués de Bradomín.
  Evas estaba entre ambas casas, resistiendo a la pala excavadora de los alcaldes y los empresarios voraces, entre moles de hormigón, acero y cristal. Y tú estabas dentro, con tus senos como dos cúpulas, o más bien como dos medios pomelos de areolas de un rosado oscuro, tan sensibles. Tus muslos eran poderosos, me gustaba azotarlos con cariño. Recuerdo que me recibías con las piernas cruzadas, como si…
  -Muy buenas tardes, don Juan. Cuánto tiempo sin verle.
  Qué bromista. Había comprado en la librería diez días antes, como mucho. Y simulaba sorpresa. Este hombre… ¿Qué hacer, sino seguirle la broma?
  -He estado muy ocupado. -Mentí, sin saber muy bien por qué, ya que en realidad no recordaba lo que había hecho en la última semana-. Fíjate si tendré cosas en la cabeza que me he despistado y no encuentro la casa a la que venía… Evas.
  El librero rió desde detrás de sus gafas, como una ratita divertida.
  -Don Juan, usted siempre tan burlón. Como si no supiera usted que la tiraron hace seis años para construir ese maldito edificio de oficinas lleno de analfabetos. Antes, los clientes del prostíbulo, como usted, venían a comprar libros de vez en cuando, pero estos oficinistas sólo leen la pantalla de su teléfono móvil. Ahora son todos analfabetos. A este país le hace falta una dictadura cultural, un siglo civilizador… Ya quisiera yo que la casa siguiera en pie, con lo bonita que era. Y con lo guapa que era esa chica que le tenía a usted encandilado… no lo niegue.
  Sonreí como si compartiera el secreto. No quería parecer tonto, aunque no acabé de creer que la casa hubiera sido derribada. Había pasado por allí diez días antes. Aunque la hubieran derribado, habría sido imposible que hubiesen construido en tan poco tiempo. Además, cómo iban a derribar Evas, si era el lugar al que acudía la flor y la nata de la intelectualidad, los políticos, los empresarios, incluso algunos modestos burgueses que se esforzaban por ahorrar lo necesario. ¡Al jefe de Estado llegué a ver de refilón un día en que los policías nos hicieron volvernos cara a la pared y yo pensé que era una redada y que mi buen nombre se hundía por siempre! Era el jefe de Estado, podría jurarlo. Los grandes hombres tienen los mismos vicios que quienes no somos nadie.
  -Pero, bueno, don Juan. ¡Qué alegría verle por aquí! Hacía tiempo que no se dejaba caer por estos barrios. Como ya no están las señoritas… ¿eh?
  El hombre aquel me extendió la mano y, por no delatarme, tuve que hacer lo mismo. En verdad, su grueso bigote me recordaba algo. Sí, era el encargado, el que, en persona, nos servía los lunes y los viernes el café cortado y el armagnac.
  -¿Cómo va todo?- dije, titubeante.
  -Sobrevivimos, que no es poco. ¿Su cortadito con la leche hirviendo?
  Era cierto, pedíamos nuestros cafés muy calientes para alargar el momento. Estar con ella, contemplar sus ojos enigmáticos, sus pómulos gordezuelos, sus medios pomelos asomarse por el escote era un placer tan grande como hacerle el amor, ser absorbido por su cuerpo voraz, cálido, ancestral.
  -Siéntese en la mesa de la esquina, como siempre, que ahora le sirvo. La copa va hoy por parte de la casa.
  Era curioso, pero en aquellos diez días habían cambiado la decoración. El suelo había sido verde y ahora era azul. Cómo pasa el tiempo, me dije.
  -Aquí tiene. ¿Y qué fue de la chica? Porque no ha vuelto por aquí. A veces llegué a plantearme que la había retirado usted, que era el que tenía más aspecto de acaramelado. La nena lo merecía.
  Vertí el azúcar en el café sin levantar la mirada y la removí.
  -Oiga. No se ría, se lo ruego. Creo que tengo algún ligero desliz de memoria. Pero hace un momento, en la librería, me han dicho que tiraron el edificio de Evas hace seis años.
  -Coño, ¿no lo sabía? Sí. Lo precintó la policía. Nunca transcendieron las razones, se llevó todo con mucho sigilo. Alguien importante debía de estar detrás, porque nada se supo. Al poco tiempo tiraron el edificio y construyeron esas oficinas. A mí me ha venido muy bien, porque esos muchachos vienen cada día a tomarse su café con bollos, su montado de lomo, su cerveza.
  -Si le he pedido que no se ría, es porque me resulta imposible creer lo que me cuenta. Yo estuve allí, en esa casa, como mucho hará diez días. ¡Diez días! ¿Sabe?
  -Usted siempre tan bromista. Ande, eche un trago al armagnac antes que se le enfríe.
  -Se lo juro. -Sentí cómo la sangre subía a mi cabeza, se arremolinaba, un velo rojo cubría mis ojos- No hace ni diez días que estuve con ella y le pedí que lo dejara todo. Le dije que yo dejaría a mi familia y que nos iríamos lejos de aquí, a una playa con palmeras y sol eterno. ¿Sabe? Incluso le aseguré que le perdonaba su pasado. Quería que fuera sólo mía.
  -No dudo de su palabra, don Juan. Quizá estuviera usted con ella hace diez días, pero la casa lleva tirada seis años.
  Rebusqué en el bolsillo. Puse veinte duros sobre la mesa con fuerza. ¿Todo el mundo se estaba burlando de mí?
  -Tome, cóbrese. Necesito salir, tomar el aire.
  -Don Juan, pero qué guasón es usted. ¿Adónde va con veinte duros? Si ya hace un año que estas monedas no valen. Ahora el café cuesta un euro.
  Mi gesto de sorpresa debió de ser tal que dejó de sonreír. Comenzó a mirarme como si hubiera en mí algo extraño. Me sentí patético, aunque no sabía por qué.
  -Bueno, don Juan. Hoy invita la casa. Pero, ¿ha pensado en ir a un médico? Le encuentro un poco extraño. A lo mejor es un virus. No le vendría mal visitar a su doctor.
  Se levantó y le imité.
  -Entonces, ¿la casa no está?
   -Desde hace seis años.
  Salí con la sensación de ser un viejo decrépito; los restos de mí mismo. Me dirigí al lugar en el que estaba Evas, pero sólo vi una colmena horrenda. Paseé por los alrededores, quizá me hubiera equivocado, pero no encontré aquel lugar. Me detuve un momento frente a un espejo de una tienda y me encontré más viejo, ojeroso, con más canas.
  -Bah, tonterías. Debo de haber pasado una mala noche.
  Anduve hasta mi casa. Repetí tu nombre en mis pensamientos y una y otra vez tus ojos oscuros se clavaban en los míos; acariciaba en mis sueños sus mejillas sonrosadas.
  -¿Pero qué haces aquí? -Me había lanzado sobre aquella chica que andaba por la calle, en sentido contrario a mí. Pero no era ella. Me había engañado a mí mismo-. Perdone, perdone. No se asuste. Ha sido sin mala intención. La he confundido con una amiga a la que no veía hace tiempo, al menos… diez días… figúrese usted. Siento haberla molestado.
  Me sentía aturdido. Me detuve ante un puesto de periódicos y me asombré al constatar que ya no gobernaban en el país los socialdemócratas, sino los conservadores. ¿Cuándo habían sido las elecciones? ¿El pasado domingo? Intenté comprar el periódico.
  -Oiga, que se ha equivocado, que esta moneda es de cien pesetas, no de un euro. -El vendedor parecía comprensivo.
  Me disculpé, aduje que había olvidado tomar mis pastillas para el riego sanguíneo, que no llevaba más dinero. Deposité el diario en el montón y me marché casi corriendo.
  Recuerdo tu cuello, cómo se echaba hacia atrás al reír mis ocurrencias. Ese cuello fuerte, largo y poderoso como de atleta. Ese cuello tan besado, tan acariciado, que aún sentía entre mis manos.
  ¿Qué había sido de Evas? ¿Qué había sido de ti?
  Caminé sin fijarme en el rumbo. Como entre nubes. Sin apenas ver nada, me dirigí hacia un edificio cochambroso, de paredes desconchadas. Sin saber qué hacía, subí las escaleras mal iluminadas hasta llegar a un apartamento interior.
  Metí la llave en la cerradura y, para mi sorpresa, abrió. No podía explicarme cómo había sucedido. Mi casa estaba en un lujoso edificio burgués, con porteros, tres ascensores, espejos en las paredes. No hacía ni dos días que había intercambiado algunas bromas sobre cuestiones sin importancia con el jardinero. ¿Qué hacía en aquella casa? Inconscientemente fui hacia la cocina, me serví un vaso de agua y lo bebí de un trago. Todo hedía. Al salir de la cocina me fijé en la puerta de entrada. Había una carta. Me agaché produciendo un sonido similar a un gemido de dolor.
  Me senté en el único sillón -asqueroso, como recién sacado de la basura- del salón y me dije que en cuanto llegara mi mujer le preguntaría las razones de aquel desorden y aquella suciedad.
 Abrí la carta y leí con dificultad:

"Querido Juan:
Me parece una estupidez la actitud de tu psiquiatra. Creo que deberías volver al hospital. No comprendo las razones por las que te han dado el alta. Además, nadie ha entrado en ese apartamentucho que has cogido, pero temo que no tenga las condiciones sanitarias mínimas. Comprenderás que, en esas condiciones, me niegue a que te visiten nuestros hijos. Deberías pedir que te encerraran de nuevo. O, al menos, deja que envíe una señora de la limpieza a tu casa para que la adecente. A saber qué enfermedades podrás coger entre la basura que, sin duda, acumularás. Juanito ha entrado en la universidad. Piensa estudiar psiquiatría, porque teme ese gen de locura que hay en tu familia.
  Si quieres, llámame y hablamos, aunque no te puedo perdonar que nos abandonaras por aquella furcia. Pero la caridad cristiana me obliga a ayudarte, aunque destrozaras nuestras vidas. Sabes dónde encontrarme."

  ¿Qué pretendía decir? ¿Era una disculpa por la suciedad de la casa? ¿Y dónde estaban los niños? ¿Cómo se atrevía a llamarte furcia?
  Me dirigí hacia el armario y el hedor casi me impidió abrir la puerta. Quizá fuera cierto que hiciera falta una limpieza. ¿Y por qué no mandaba ya la fregona esa maldita mujer?
 Saqué la maleta preguntándome por qué te llamaba furcia, a ti, el único rayo de esperanza en mi vida mediocre, gris, apagada, castrada, de oficinista que en realidad no había creado jamás nada con sus manos. ¿Por qué te insultaba, mi amor? ¿Celos? Las mujeres son arpías celosas, envenenadas por la obsesión de la otra. No quieren ser amadas, quieren ser las elegidas, sentirse superiores a las otras, poder despreciarlas.
  Abrí la maleta y extraje tu cráneo, que aún conserva tu bello pelo negro. Me miraste y me sonreíste, como siempre en Evas. No cruzaste las piernas porque no podías; ya no tenías piernas. Las enterré al descuartizarte.
  -¿Qué has hecho en los últimos diez días? He ido a Evas y no estabas. He tenido que tomar el café cortado y el armagnac sin ti. Mi mujer me ha reprendido. Quería comprarte un ejemplar de La Regenta y uno de Madame Bovary, para que lo leyeras este fin de semana, pero no he podido. ¿Para qué? Si ya no estabas. Ninguna tarde de viernes sería lo mismo sin ti.
  Te besé con todo mi amor y te encerré en la maleta, ya siempre junto a mí. Me gustabas más cuando estabas más rellenita, pero no se puede pedir la perfección. Me asomé al balcón. En la plaza había un pequeño mercado de artesanía; algunos negros trapicheaban con supuestas esculturas de sus países, vendían copias no originales de discos, gafas con marcas falsas, cantaban. Olía a la carne de un bar tunecino. Cómo había cambiado el mundo en diez días. Un nuevo gobierno, una nueva moneda, nuevos edificios. El mundo enloquecía, sin duda.
  Era un buen día, brillante, soleado, caluroso, aunque una ligera brisa lo convertía en tolerable. Miré la altura que habría hasta el suelo; quizá ocho metros. Pensé que era suficiente como para tirarse y dejar un mundo incomprensible.
  Nos tendríamos el uno al otro ya para siempre.


Dormía plácidamente; era una de sus virtudes. Al llegar las diez de la noche se levantó renqueante del sillón, dejó la Biblia sobre el televisor, lavó sus dientes, rezó sus oraciones y se introdujo en su cama con la conciencia tan tranquila y los nervios tan laxos que antes de tener el tiempo necesario para enhebrar alguna idea que pudiera distraerle de su finalidad tenía los ojos cerrados, la respiración regular y pausada y los restos de conciencia durmiendo con placidez.

Ferebee junior vivía solo. Según quienes afirmaban conocerle, la razón era su agresividad, su carácter huraño. Era áspero en su habla, en sus movimientos, en sus gestos, en su forma de vestir, aunque tenía virtudes. Nadie le negaba sus virtudes: ser un buen cristiano, un buen patriota y un buen hijo. Era un hombre fuerte y saludable, apenas padecía una leve lesión cardiaca que no le impedía correr por las mañanas, como cuando era un adolescente. Cuando su padre, Tom Ferebee, murió, lloró como el niño que algún día fue; durante días su semblante quedó lívido, sus manos frías, su alma helada en alguna esquina de su corpachón bien alimentado. Su vida se convirtió en más rutinaria de lo que ya había sido; su casa, más sombría. Los únicos adornos que podían encontrarse en aquella guarida eran los retratos en blanco y negro de su padre, las fotos pilotando aquel avión, la imagen amarillenta de su madre sonriente tras las gafas y la dentadura postiza, con una inmensa tarta de manzana, casera, entre ambas manos, una pequeña bandera norteamericana en cada habitación, maquetas de aviones… un inmenso mapa de Estados Unidos en el salón.
Algún gato debió volcar un cubo de basura en la calle, porque un sonido metálico sobresaltó a Ferebee, que cambió de postura, quedando tumbado sobre su espalda. La boca abierta exhalaba un aire denso, un leve sonido ronco. Apenas un rayo de luz entró por la ventada, dibujando en las sombras el volumen de su vientre. Volvió a dormir sereno.
Fuera, dejaron de sonar los coches. Sólo el monótono y lejano sonido del rotor de un helicóptero desvirtuaba el silencio.
Algunas nubes densas debieron aparecer en el cielo, porque la escasa luz de luna desapareció y se hizo la absoluta oscuridad. La única señal, mínima, de vida en el cuarto, era el sonido de la respiración pausada, morosa, inexistente casi. Quizá por ello, si hubiera estado despierto, Ferebee junior se hubiera sobresaltado al descubrir que de la puerta entreabierta del armario salía el diminuto destello de dos ojos rasgados, pertinaces.
En la oscuridad densa el brillo blanco de aquellos ojos comenzó a moverse, lento, en dirección a la cama. Pasó junto a la silla en la que se encontraban tirados el pantalón, una camisa arrugada y unos calcetines sucios, se acercaron a la colcha que caía sobre el suelo.
Los ojos subieron hasta la altura del rostro aflojado de Ferebee y una suave luz entró en la habitación, mínima, quizá debido a que el desplazamiento de una nube permitía ver una pequeña parte del disco de la luna. Brillaron en la semipenumbra unos dientes pequeños e irregulares, unos colmillos afilados, si Ferebee hubiera estado despierto habría sentido una respiración poco a poco más agitada.
-¿Sabes, hijo de puta –susurró una voz grave y resentida- lo que pasó ahora hace sesenta años? Un seis de agosto, como hoy, de 1945. Sí, sí, lo sabes, conoces la fecha a la perfección… poco después de las ocho de la mañana, el bombardero Enola Gay, del ejército de los Estados Unidos de América, lanzaba sobre Hiroshima la primera bomba atómica. La llamaron Little Boy, qué irónico, un niño pequeño con el que Estados Unidos cometió el mayor crimen de la historia de la humanidad… cerca de un cuarto de millón de personas muertas en un instante.
Ferebee, aún dormido, se agitó en la cama, como si le faltara el aire. Desde diferentes puntos de la habitación comenzaron a salir puntos de luz mínimos; ojos rasgados que se dirigían lentos y pertinaces, hacia la cama.
-Y sabes a la perfección todos los detalles del hecho. Te los contaron cientos de veces cuando eran un niño, cuando eras un adolescente, porque quien tiró de la palanca que aniquiló la vida de tantos seres humanos, el perro que obedeció las órdenes del democrático tirano Truman, fue tu padre, Tom Ferebee; el héroe nacional norteamericano. El mismo cuyas fotos adornan las paredes de tu casa; el condecorado, el que dio una razón de ser a tu vida.
Ferebee tenía dificultad para respirar, parecía estar en un duermevela agitado. Intentó hablar, aunque su estado de consciencia no le permitía hilar los pensamientos con nitidez.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?
-Quiénes somos y qué queremos, deberías preguntar. Somos aquellos muertos y venimos a llevarnos tu vida.
-Yo no… no soy culpable. Soy un buen cristiano.
-Vas a venir con nosotros al otro lado, al de la nada. Al de la nada para siempre. Nunca hubo justicia, por lo que ahora ha llegado la hora de nuestra venganza.
-Ya tenéis a mi padre. Ya murió –Su habla era difícil de entender. Masticaba con dificultad las palabras. –Ya está en vuestras manos. El culpable no fue él, el culpable fue el Sistema, fue Truman, fueron nuestros representantes, mi padre obedeció órdenes, era sólo un buen ciudadano de su país.
Ferebee sentía un inmenso peso en los ojos, no podía abrirlos, no podía casi respirar, crecía la angustia y notaba como si perdiera la capacidad de percibir las cosas, como si se le escapara el alma. Crecían los ojos a su alrededor, su brillo, ya no había un par de ojos, sino tres, cuatro, cien, mil. Un suave sonido susurrante llegaba de la cocina, casi imperceptible, fuera las hojas de los árboles comenzaban a moverse con una suave brisa.
-Ellos ya están con nosotros y nadie los devolverá. Y tú tampoco volverás.
-No, -apenas se pudieron escuchar sus palabras- yo soy el niño que iba en bicicleta por el jardín de la casa, el muchacho que dejó la universidad, el mecánico eficiente, yo soy…
-Un eslabón más de la cadena.
Dos manos rodearon el cuello de Ferebee y comenzaron a apretar.
-Quería a mi padre –dijo casi ahogado.
Dos manos se unieron a las primeras y apretaron con más fuerza.
-Yo iba a la playa, defendí a la patria cuando me llegó la edad, comía las dulces rosquillas que…
Su voz se apagó. En torno a su cuello se unieron tres pares de manos, cuatro, cien, mil, todas apretaban, el aire no llegaba a sus pulmones, el oxígeno no llegaba a su cerebro, había huido de su sistema nervioso central. Había un brillo más fuerte en aquellos pares de ojos que ya llenaban la habitación. No peleó, no se revolvió, perdía el alma y se iba dejando morir con dulzura, sintiendo que su cuerpo quedaba en la cama y aquello que lo animaba se marchaba hacia algún lugar.
Exhaló un último suspiro.
Las manos ya no apretaban, los ojos inclementes desaparecieron, y en la silla continuaba en desorden el pantalón, la camisa arrugada y los sucios calcetines. La noche continuaba negra, silente, apenas había un ruido amortiguado de pasos sobre el tejado, un gato, quizá. Y el suave sonido sibilante, de la brisa, quizá.
Ferebee estaba tranquilo. Lo iba a estar por siempre. No respiraba ya.
Nadie le echó de menos los primeros días.
Cuando llegó el mediodía del lunes sonó el teléfono de la casa. La primera vez el timbre tronó diez veces. Media hora después, lo hizo hasta que la comunicación se cortó por sí sola. No molestó a Ferebee el sueño del que no se vuelve. Volvió a sonar cada media hora. Al final de la tarde las llamadas se produjeron cada cinco minutos.
En las paredes, las fotografías del piloto, la imagen amarillenta de la madre sonriente tras las gafas y la dentadura postiza, con una inmensa tarta de manzana, en el cristal de la puerta de entrada a la casa, unos golpes secos primero; después, secos y repetidos. Apremiantes. Una voz viril y exigente.
-¿Hay alguien hay? ¡Abre!
Si Ferebee hubiera estado vivo habría escuchado el conciliábulo nervioso. El golpe seco y extremadamente violento contra la puerta que saltó y golpeó fuertemente la pared haciendo caer una fotografía al suelo. Habría visto entrar al policía con la pistola en la mano.
-Sal, Georges, sal, apesta a monóxido de carbono.
Tos, necesidad de escupir, de beber un trago del café aguado que llevaban en un termo, en el coche. Una vecina vieja, con un vestido de colores tropicales y el pelo blanco azulado, grita "la habitación del señor Ferebee es aquella". Un gato negro de ojos rasgados y brillantes mira agazapado desde debajo de un coche. Una carrera, un golpe seco en la ventana, cristales rotos que caen con una extraña música aguda. Sale el olor de la habitación, entra el aire de la calle y un policía con un pañuelo que le tapa la nariz. Pasan unos segundos, un minuto quizá.
-No respira. No le late el corazón.
Su compañero, de un modo innecesario, afirma "está muerto", todos asienten, como parte de un inmenso jurado que hubiera llegado a la más difícil deliberación, y miran al suelo. Proceden según marca la ley.
¿Qué se hace con la casa de un muerto? ¿Qué sentido tiene? ¿Y si el muerto es el hijo de un héroe nacional? No por ello deja de volver la noche, no por ello deja de hacer calor y vuelve el aire fresco. Todo lo más, se deja un coche patrulla a la puerta de la casa para evitar que entren los vándalos, se silencia el nombre del muerto para evitar momentáneamente la intromisión de la prensa. Se espera a la autopsia, a que el juez ordene qué hacer.
-¿Una rosquilla, Fred?
-Sí, y tomaré un poco más de café. No sé para qué nos hacen estar de guardia toda la noche a la puerta de esta casa. Está precintada.
-Para que no entre nadie, Fred. Peor sería estar en los barrios de los negros o de los hispanos. Prefiero aburrirme aquí que estar solucionando alguna violación, algún robo o algún asesinato. Y peor debe estar el tal Ferebee. Ahora lo estarán abriendo.
-Cierra la boca, me estropeas el café. Y vigila que no entre nadie.
-¿Quién va a querer entrar? Vamos a escuchar algo de música. Mira lo que he traído.
En la casa, los ojos rasgados y brillantes de los gatos, quizá tres, cuatro, pululaban por los rincones. Por alguna razón habían decidido entrar. Uno de ellos se subió en la cama, la olió, repentinamente se bajó y desde el suelo dio una zarpazo en la colcha. Salió hacia el salón y los otros gatos le siguieron. El gato que parecía mandar en el grupo se subió al sofá y se tumbó. Los demás, quedaron a sus pies y se tumbaron en la alfombra. Alguno comenzó a lamerse.
-En verdad, -dijo uno de los policías- estas noches cálidas y tan agradables, no son las mejores para morir.
-Verdad –dijo su compañero, tomó un sorbo de café, y miró hacia el final de la calle de casas de dos plantas con jardín, árboles, por la que, era cierto, les hubiera apetecido pasear, sin las responsabilidades propias de su cargo.

La oscuridad queda atravesada en ocasiones por un haz de luz que circula de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Podría pensarse que es un foco de un campo de concentración. Induce al error el modo en que el hombre que está sentado deja caer su cuerpo, los codos apoyados sobre las rodillas, los hombros vencidos, el cigarro colgante de los labios con un rastro de humo que sube y se dispersa. Hay un sonido repetitivo que podría ser el de las máquinas de una cadena de producción ensamblando piezas metálicas o música de consumo popular. El hombre tiene la vista fija en algún punto, como obsesionado, levanta la cabeza, parece buscar algo o a alguien por la derecha, después por la izquierda, y vuelve a bajarla.

La música o el ruido de la fábrica, o quizá el sonido de los tanques que pasan por encima de lago metálico, persiste y llena el espacio.
-Ha sido maravilloso, por Dios.
La risa ostentosa de la mujer que llega es cómo una corriente eléctrica en las sienes del hombre. Lleva un sostén negro, de encaje, barroco, e intenta ponerse una blusa a la moda, pero las caricias obscenas de su acompañante lo impiden. Lleva un hilo de oro insertado en los labios para hacerlos más deseables, los senos moldeados en quirófano, su maquillaje es un modelo de precisión del nuevo arte, parece lógico que el hombre que se amontona sobre su espalda esté loco de deseo. Ella tiene unos dientes bellísimos, blancos, brillantes, regulares, falsos.
-Detente, por favor, ya está bien.
-Me has hecho perder la razón.
-¿Quieres decir que antes la tenías?
Las risas de ambos obligan al hombre a levantar el párpado derecho y poco a poco la cabeza. El haz de luz no parece molestarle. Ha cambiado el ruido de fondo, como si un grupo de niños golpearan cacerolas con sus cucharas de un modo rítmico.
-Hola, marido, qué haces sentado ahí, con esa cara de aburrimiento.
El hombre sentado tarda en contestar, como si pensara. Saca un nuevo cigarro, lo enciende y habla mientras echa el humo.
-La esposa del señor se ha ido con un caballero extremadamente elegante que acaba de llegar... quizá decir que fuera elegante sea excesivo. Digamos que... había gastado mucho dinero en la ropa.
El hombre que masajea los lumbares de la mujer escenifica un gesto de sorpresa que procura parezca divertido.
-¿Mi mujer?
-Sí, amigo mío, su mujer. Nuestro acto sexual no ha sido nada exitoso. No sé cómo puede soportar una pareja tan poco estimulante. Es como acostarse con la señora de la limpieza.
-Por ello venimos a este club de intercambio, para ver si aprende y para que yo pueda saciar mis necesidades con las mujeres de otros. Por cierto, la suya es extraordinaria.
-Supongo. Lamento decirle que la suya me ha frustrado. Me he visto obligado a cedérsela a un tipo con aspecto de cargador de muebles que pretendía montar un número circense con ella y con su propia esposa. Espero que no lo considere una incorrección por mi parte.
-Por favor, cómo puede pensar algo así. Es para mí un placer.
-Lo que mi marido ha hecho con su mujer lo hace habitualmente conmigo. Es muy abierto, muy liberal, es un hombre que no tiene nada suyo.
-Le felicito.
El hombre se levanta de la silla con desgana, como si pretendiera agradecer la felicitación, pero se dirige hacia su lado izquierdo.
-¿Han sido ustedes felices en la cama?
Ambos gimen al tiempo un sí que parece el maullido de un par de gatos. Se miran a los ojos y en el aire queda un rastro de humedad babosa.
-Me ha excitado mucho, cariño, creo que es el tipo de cuantos he probado en este club que más placer me ha dado.
-En cuanto a su mujer, tengo que decirle que es una coinnaseur del sexo, una experta, un auténtico lujo. Si no estuviera casada con usted, le prometo que sería dichoso de fugarme con ella y vivir encerrados en una habitación el resto de nuestros días.
Al escuchar la frase hecha, el hombre levanta una ceja.
-Mujer, ¿para ti ha sido igual de satisfactorio?
-Un volcán en erupción.
-Querida, nunca has visto un volcán en erupción. Así que ambos han quedado extremadamente satisfechos del encuentro... Bien, bien.
-Aquí se viene para satisfacer los instintos.
-No se crea, caballero, yo vengo para que ella disfrute y me deje en paz. Si me lo permite, mi idea de placer es más bien estar sentado en un cómodo sillón de cuero, rodeado por una gran biblioteca, con una chimenea y con una de las paredes de la estancia de cristal que me permita disfrutar de una gozosa contemplación sobre el mar. Incluso añadiría al cuadro la posibilidad de que hubiera una mujer que me quisiera y alguna pintura.
-Mi marido es un señor de los de antes. Es muy decimonó... como se diga.
La mujer, entre risas por su simpática observación, acaba de abrocharse la blusa y se retoca el pelo.
-Decimonónico. Soy decimonónico, según tú. ¿Amigo, de verdad usted se quedaría con mi mujer?
-Dejaría a la mía ahora mismo, lo firmaría con sangre.
-Es suya. Cariño, ha sido un verdadero placer haberte conocido. Esposa, cuando tengas una dirección avísame para enviarte tus cosas y para ponernos de acuerdo en el día en que tengamos que ir al Registro a borrar nuestra unión. Aquí no ha pasado nada.
Se lanza a estrechar la mano del tipo en celo y con rapidez coge por los brazos a su mujer y la besa en ambas mejillas.
-Que sean felices. Yo les doy mi bendición.
Se refuerza la habitual mirada de incomprensión de la mujer, que balbucea algo que quiere ser una interrogación. Su macho ocasional levanta las manos hacia el marido, que se aleja como si implorara alguna extraña clemencia. El sonido de fondo ha pasado a ser un estruendo eléctrico que bien podría recordar a un taller o alguna nueva tendencia musical.
-Cariño... ¿estás de broma?
-No, no, no. Por Dios. Hablo completamente en serio. Tú eres más feliz gozando con otros. Me has dicho que este caballero ha efectuado sus labores de semental a la perfección, y ambos sois felices. Te regalo. Él ha asegurado que tenerte colmaría sus ilusiones. Pues bien; soy generoso. Sois respectivamente vuestros. Cuando venga su esposa os explicáis todo entre vosotros.
-Perdone... creo que hay un error. Una cosa es acostarse con alguien y otra es amar a esa persona.
-Bien, es su opinión. Tienen ustedes el futuro por delante para discutir ese asunto que me parece extraordinariamente lleno de interés. Ella usa dispositivo intrauterino, sus períodos son de veintisiete días, invariablemente, y los dos días antes es aún más insoportable de lo normal. Por lo demás, seguro que serán felices. ¡Ah! No le interesa ni el teatro, ni el cine, ni la música clásica, ni la literatura, ni el arte. Además de una completa inútil, es secretaria y no la han despedido porque se acuesta con el secretario General de la empresa, un tipo bajito, acomplejado porque está cargado de hombros, un poco cheposo, y no tiene educación.... empezó de botones en su empresa, sin estudios... calcule cuántas frustraciones habrá vaciado el pobre en esta mujer... No hay que servir al que ha servido. Esta bella hembra, que ya le pertenece, de vez en cuando fornica con algún compañero nuevo, preferentemente si es de pueblo. En fin, más que una biografía, mi ex-esposa tiene un historial sexual, pero dado que le hace feliz, no veo ningún problema en ello. Porque... ¿usted no será uno de esos hombres antiguos que pretende tener a su mujer en exclusiva?
-No, no... ya ve, traigo aquí a mi esposa a que libere sus pulsiones animales. Soy un hombre moderno. Lo que sucede es que quedarme a su mujer...
-Cariño, si es una broma ya vale. Dame mi bolso, que me voy a retocar los labios.
El buen hombre coge el bolso de debajo de la silla, se lo da ceremoniosamente a la mujer. Dice un “hasta nunca” sosegado y se marcha con paso lento y aspecto de felicidad.
-¿Y ahora qué hacemos?
-No sé. Yo me voy.
-Pero él me ha regalado. Ahora soy tuya. Tienes que llevarme.
-No. Que se hubiera quedado contigo cualquiera de tus amantes anteriores. Bastante tengo con mi esposa.
-Tú has dicho que te quedarías conmigo por siempre.
-Las palabras sólo sirven para mentir.
-Soy tuya, tú tienes la obligación…
-Obligación, compromisos. Usas palabras aburridas. Ahí viene mi esposa. Veo que sonríe. Hasta nunca.
-Eres un…
Sus insultos son demasiado vulgares. La ira le surge del útero. La mujer se queda momentáneamente abatida. Se diría que está a punto de comenzar a llorar, pero no de pena, sino de rabia. Intenta sacar un pañuelo para limpiarse los lagrimales y evitar que se corra la pintura y cae una foto de sus dos hijos, con el teléfono, apuntado en el reverso, del psiquiatra que los atiende. Son dos pequeños bastardos desequilibrados, tienen sus mismos genes. Se limpia las lágrimas y mira en el espejo el resultado. Por su escote asoman dos senos abultados. Echa a andar con paso lento, marcando los movimientos, caderas a la derecha, a la izquierda, hacia la barra del bar. Un camarero negro sonríe con una enorme dentadura perfecta. Sus glándulas entran en acción.